La banalización de la teología

Hace unos meses un teólogo con una larga y celebrada trayectoria académica en América Latina compartió la siguiente reflexión en sus redes sociales:

 

Una cosa es enseñar teología. Otra distinta es enseñar a hacer teología. No es hablar sobre Dios, sino aprender a discernir la historia y sus contextos a la luz de nuestras imágenes sobre su misterio. No es definir qué dice o qué no dice la Biblia, sino generar las herramientas necesarias para abrir sus infinitas lecturas posibles. No es objetivar la fe sino enriquecer nuestra experiencia del creer a la luz del conocimiento de sus dimensiones relacionales, corporales, sociales, políticas, culturales y místicas.

 

¿Qué es lo que entiendo de esta reflexión acerca del quehacer teológico?

 

Pareciera decir que lo más importante es nuestro acercamiento más que la persona que nos invoca. La búsqueda no va detrás de verdades objetivas y cognoscibles sino interpretaciones que podrían enriquecer la experiencia humana. No es cuestión de unión con Dios sino cómo estas interpretaciones podrían cambiar la realidad terrenal que vivimos en el presente.

En otras palabras, no hablamos con Dios, hablamos acerca de Dios. Dios no es más una Persona, un misterio que quiere revelarse, quien da a conocer su nombre propio sino un objeto de estudio que enriquece la vida del estudioso/creyente que se acerca buscando algún tipo de iluminación. El telos de este tipo de acercamiento a la fe cristiana se parece más bien al gnosticismo que a la fe de los mártires.

 

En esta reflexión se ve, a mi criterio, el supuesto triunfo de la sociología sobre la teología, la mirada meramente humana por sobre la osada mirada divina. Es el triunfo de la hermenéutica sobre la piedad cristiana. Es el triunfo de lo descriptivo sobre lo prescriptivo. Es el triunfo de la banalización de la teología.

 

Quienes celebran esta definición son los científicos de la religión, aquellas personas que ven en la religión en general y el cristianismo en particular, un fenómeno meramente humano. A nuestra sociedad científica y consumista le fascina ver la fe cristiana como un movimiento humano más buscando el sentido de nuestra existencia.

 

Quienes celebran esta definición se avergüenzan de las expresiones más clásicas (y ortodoxas) de la fe cristiana, la fe de los mártires, de los pobres piadosos y de los teólogos comprometidos con el reino de Dios como fenómeno escatológico inmanente.

 

Me parece que a Dios tampoco le debería agradar que Él mismo haya sido reducido a un objeto o fenómeno a ser estudiado o analizado. No le debería agradar ser apenas un catalizador para la actividad humana. No le debería agradar que su Palabra, más que una revelación de sí mismo que es amor, haya sido reducido a otro texto abierto para la subjetiva tarea de la hermenéutica posmoderna.

 

A veces este tipo de reflexiones surgen como un rechazo de otras reducciones de la fe cristiana como el cristianismo conservador fundamentalista de derecha (¿y por qué no de izquierda también?). Entiendo este rechazo, pero la respuesta no es vaciar al Evangelio de su poder.

 

El gran problema con esta visión de la teología, como yo lo veo y percibo, es que carece de poder para transformar vidas y por lo tanto, poder para transformar el mundo. La hermenéutica posmoderna coloca al hombre y a la mujer como árbitros de la verdad y la única ética que les queda luego de infinitas lecturas es el activismo social. Al desprenderse de la cosmología y escatología bíblica, el único mal imperante en el mundo es la falta de igualdad y los malvados son aquellos que obstruyen la plena realización de subjetivas interpretaciones del supuesto mundo ideal. Ya tenemos varios tomos escritos sobre lo que pasa cuando no hay temor de Dios sino luchas de ideologías encontradas.

 

Más allá de la hermenéutica (que por supuesto, es importante), la fe consiste en un acercamiento a Dios quien es misterio. Y más allá si te inclinás hacia la teología apofática o la catafática, la fe se trata de un encuentro con Dios y la oración una comunicación con Él. Cuando la fe cristiana ya no se trata de un encuentro con Dios en su reino, de la unión mística con Jesús en el bautismo, la comunión con Él en la eucaristía, de la anhelada venida de Jesús en la plenitud de los tiempos mientras aguardamos los nuevos cielos y la nueva tierra que traerá el verdadero shalom, justicia y la glorificación de nuestros cuerpos, la fe no sirve de nada.

 

Esta teología posmoderna tiene cierto atractivo porque cada uno decide quien es Dios y que es lo que pide de uno. Sin embargo, esa teología es necedad.

 

Esta forma de entender y hacer teología está cada vez más común en América Latina y en el mundo entero. Viene de Europa, o sea, es otra teología colonial y colonizadora.

 

¿Nos interesa servir a los pobres y cultivar un mundo más justo para las mujeres y los niños? ¿Nos interesa cuidar la creación y combatir el consumismo que está destruyendo el planeta? ¿Nos interesa un verdadero encuentro místico con el Dios Creador del cosmos? ¿Nos interesa la unión, cuerpo y alma, con Dios?

 

El gnosticismo de los primeros siglos no hizo tanto como el cristianismo primitivo para transformar el mundo. La teología posmoderna tampoco hará tanto como el cristianismo ortodoxo ya está haciendo.

 

No reduzcamos la fe cristiana a un juego de palabras. No reduzcamos la fe cristiana a la intertextualidad. No reduzcamos la piedad cristiana a un estado cuasi gnóstico de iluminación soberbia.

 

Volvamos a la fe de los mártires.