Las últimas palabras de Jesús

Meditaciones inspiradas en la obra del teólogo protestante Stanley Hauerwas, tomadas de su libro, Cross-Shattered Christ*. Estas reflexiones se acercan al lenguaje de la Biblia pretendiendo que éste abra nuestros oídos al mensaje de Dios en la cruz. Sus páginas abordan temas centrales con sensibilidad e imaginación, enfatizando la humanidad y la divinidad de Jesús. Este breve libro, ideal para la lectura devocional durante la Semana Santa, es el más poderoso de su autor, considerado por la revista Times como “el mayor teólogo de EEUU”.

*Stanley Hauerwas, Cross-Shattered Christ, (Baker Publishing Group, Grand Rapids, 2014, 108pp.).

Todos los grabados son del artista Rick Beerhorst.

 
7 palabras de Jeús 1 - TTL.jpg
 

LA PRIMERA PALABRA

“Padre, perdónalos; porque no saben lo que hacen.” 

LUCAS 23:34

 

Estas palabras dichas en agonía por Jesús a su Padre nos ponen en una situación muy delicada. Por una parte, hablan de nosotros, pero a la vez nos infunden respeto escucharlas y acogerlas, porque sabemos que corremos el riesgo de no entenderlas bien.

 

Comprender este momento de la muerte del Hijo de Dios transforma nuestra vida, impidiendo que las ignoremos. ¿Pero cómo podemos acercarnos a ellas?

 

Generalmente nos acercamos a la muerte de Jesús pensando en lo que tiene que ver conmigo, con mi necesidad de perdón o mi pecado. Hasta un punto, esta puede ser una lectura egocéntrica: porque desplazamos a Jesús del centro y nos situamos en lo que su muerte tiene que ver con nuestras necesidades. Como cristianos, estamos llamados a realizar una lectura “cristocéntrica” de la muerte de Jesús.

 

Es la Segunda Persona de la Trinidad la que pide: “Padre, perdónalos; porque no saben lo que hacen”. Las palabras “Padre, perdónalos” no son más que una manifestación exterior de la vida interior del Dios Trinitario, hechas visibles a los ojos de la fe.

 

El Hijo le pide al Padre que perdone, pero este perdón es incomprensible si solo lo vemos en relación a lo que tiene que ver con nosotros. Este perdón va más allá de lo que nosotros sabemos hacer, va más allá de nuestras formas de entender a Jesús y su muerte.

 

Algunos mataron a Jesús por considerarlo un hereje, otros por considerarlo una amenaza, otros descargaron sobre él su ira, otros se escondieron, unos pocos lo acompañaron.

 

Ante su muerte ninguno de nosotros sabe bien lo que hace. Mediante las palabras de Jesús “perdónalos; porque no saben lo que hacen”, se pone de manifiesto que el perdón del Padre está por encima de nuestras formas de actuar ante su crucifixión. Y es ahí cuando realmente descubrimos que lo que sucede en la muerte de Jesús sí tiene que ver con nosotros. Y eso nos lleva a descubrir también qué tipo de salvación necesitamos: mediante la cruz Cristo nos ha introducido en la vida de Dios, y esta es la acción de Dios a nuestro favor. Somos hechos miembros de un reino gobernado por un Padre que perdona y redime.

 

Esta palabra nos ofrece una alternativa con respecto a nuestras fantasías y teorías predeterminadas por el pecado. Lo que inaugura Cristo con su muerte redentora es un camino que podemos vivir hacia la cruz. Pues vivir la vida bajo esta luz, es aprender a caminar el propio camino de Jesús hacia la cruz: viviendo vidas que saben que Cristo, el único Hijo de Dios, es quien puede pedir al Padre que perdone a gente como nosotros, que mataríamos antes de afrontar la muerte perdonando. Y este es el motivo por el cual nos acercamos a la cruz. Lo hacemos recordando las palabras de Jesús, con la esperanza de que, por la obra del perdón de Dios, se realice en y a través de nosotros lo que la cruz de Cristo nos ha revelado: un Dios que perdona al que no sabe lo que hace.

 
Las 7 palabras 2.jpg
 

LA SEGUNDA PALABRA

“Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso.”

LUCAS 23:43

 

Envuelto en el silencio, de la boca de Jesús sale esta enigmática palabra. Muchas preguntas nos acechan: ¿Quién era este criminal? ¿Podía ser un zelote que muriese ajusticiado por el Imperio Romano tras haber luchado de forma violenta por la liberación de Israel? A fin de cuentas, ¿qué tipo de redención termina siendo proclamada en una cruz? Porque si Jesús no parece ser el modelo de liberador de Israel, ¿qué es lo que sucede para que un rebelde vea en un crucificado el inicio de un nuevo reino y una liberación diferente a la que se esperaba?

 

Los cristianos están tentados a decir más cosas sobre la fe de las que deberían. Sin embargo, Dios está entre las conexiones que nosotros no podemos hacer: por lo que nuestro deseo de poder decir más sobre lo que la escritura mantiene en silencio, nos recuerda que Dios se ha querido dar a conocer de forma última y más nítida desde la crucifixión. Adorar al Dios crucificado es asumir lo que sabemos y no sabemos del Dios revelado en la cruz, de lo que sus palabras aclaran o mantienen en silencio.

 

Los seres humanos vivimos en la ilusión de que conocemos el mundo en que nos encontramos y a nosotros mismos. Y del mismo modo, caemos en la ilusión de querer conocer de Dios aquello que mediante la cruz de Cristo se silencia y no se nos dice. Nos molesta la idea de saber que no lo sabemos todo, lo que esconde algo aún mayor: estamos aterrados, porque sabemos que somos finitos. Como no queremos ser olvidados, no queremos ser pasajeros, nos aferramos con fuerza a las ideas que construyen nuestra identidad, a la familia, amistades o la nación. En esta carrera a contrarreloj, ¿la muerte de Cristo es un clavo ardiente más al que aferrarme para reforzar mi identidad?

 

Tenemos que reconocer que nos es fácil identificarnos con la solicitud del criminal: por favor, querido Jesús, recuérdanos, asegúranos que nuestras vidas tendrán significado . . . La respuesta de Jesús, sin embargo, no es tanto que nuestra vida será recordada memorablemente, sino que nuestra vida tendrá significado y participaremos de ella: “hoy estarás conmigo en el paraíso”.

 

Esta demanda tiene sentido solo si Jesús -quién está siendo crucificado del mismo modo que aquel que pregunta- puede cumplir con la demanda. Los hombres esperan ser recordados, asumiendo que son polvo y al polvo vuelven, en contraste el criminal confidente pide ser recordado porque ha creído en el Único (Cristo) que merece ser recordado. ¡Qué extraordinario! 

 

“¿Por qué te abates, oh alma mía,

y por qué te turbas dentro de mí?

Espera en Dios; porque aún he de alabarle,

salvación mía y Dios mío.” Salmo 42:11

 

El criminal reconoce que Jesús es el Salmo de Dios, el crucificado es el Dios de los Salmos, quien conquista la muerte traspasando la propia muerte. 

 

Además, el criminal está en lo correcto al deducir que tener fe en Jesús es creer en un nuevo reino, que vence a los reinos de este mundo, construidos sobre la mentira y la sangre de los que tienen que ser sacrificados para su mantenimiento. 

 

Solo Cristo, la segunda Persona de la Trinidad, puede prometerle al malhechor y a nosotros que hoy estaremos con él en el Paraíso. Estar en el Paraíso es estar “con Jesús”, es ser sumergido en la vida de Dios por su amor, perdón y reinado visible en la cruz.

 

Aquí, en el Mesías crucificado vemos el amor que mueve el sol y las estrellas. Estar con Jesús implica no estar solos en el universo, en la medida que, mediante la fe reconozcamos en Jesús de Nazaret al Dios creador de los cielos y la tierra, así como al dador de la vida eterna. ¿Cómo se nos ocurre pensar que necesitamos saber algo más sobre lo que dice este criminal? Como el malhechor, podemos vivir con la esperanza de que lo único que vale la pena recordar es que somos recordados por Jesús. 

 
Las 7 palabras 3.jpg
 

LA TERCERA PALABRA

“Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.”

JUAN 19:26-27

 

“Mujer, ¡he ahí tu hijo!” . . . “He ahí tu madre!”.  Jesús llama a su madre “mujer”, tal como llama a la mujer samaritana (Jn 4:21) o a la mujer sorprendida en adulterio (8:10). Eso nos muestra que no se trata de un reclamo sentimental. 

 

No por eso, estamos diciendo que Jesús desprecia a su madre en la cruz. Lo que decimos es que solo prestándole atención a eso, podemos ver el aprecio que Jesús tiene por María, al ordenarle al discípulo que la considere, ahora sí, su “madre”. 

 

Agustín decía: “si Dios no nos nos ha creado sin nosotros, no puede salvarnos sin nosotros”. Así como María fue la primera nacida a la nueva creación, al responder al ángel Gabriel con su “heme aquí”, podemos considerar que actuó como Abraham, sin resistirse a creer que Dios crearía un niño por el poder del Espíritu Santo. Así como somos hijos de Abraham por la fe, somos hijos de Cristo porque la fe de una mujer indefensa le hizo cabida y dijo: “heme aquí”. 

Dios detuvo la mano de Abraham antes de sacrificar a Isaac, pero el Padre no detuvo la mano de quien asesinaría a Jesús ante su madre. Cuando Jesús le dice a María “he ahí tu hijo”, le está enseñando que él mismo ha nacido para un sacrificio que dará vida. 

 

Cuando Jesús le dice a María, “ahí tu hijo”, le pide que presencie la muerte del Hijo, aferrándose a la promesa que recibió del Espíritu de que éste era quien esparciría a los orgullosos, derrotaría a los poderosos del trono, supliría el hambre y completaría la promesa hecha a Abraham y su descendencia. Su Hijo, el Mesías, haría todo esto desde la cruz. 

 

Jesús desafía a María a que considere a su “discípulo amado” como familia. Cómo María, estamos invitados a formar parte de la nueva familia agrupada por Cristo en la cruz. Esta invitación se hace también al discípulo, quien debe reconocer a María como su madre, no ya como la madre de Jesús. En esto consiste la Iglesia, en considerarnos ahora hijos en la fe de otros que nos han precedido, así como padres y madres de aquellos a los que Jesús nos encomienda. Desde la cruz estas palabras nos mueven a considerar que estos vínculos son más fuertes que los de una familia, pues la sangre que los une es la del Hijo de Dios. Ser iglesia es haber sido llamados de todas las naciones para formar parte de la familia de Dios. 

 

Todos creemos en el Único que rechazó triunfar mediante la violencia, que es el modo como el hombre actúa ante los demás, en su deseo de sobreponerse, conseguir sus metas y ser recordado. La renuncia a usar la violencia de este mundo en el nombre del bien no significa para la iglesia olvidar lo que encontramos en el poema triunfal que María canta como respuesta a la palabra del ángel: los pobres y humillados tienen su triunfo en Dios. 

 
Las 7 palabras 4.jpg
 

LA CUARTA PALABRA

“Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”

MATEO 27:46

 

La Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, Auschwitz, Ruanda o Hiroshima. Palabras para nombrar la muerte, para nombrar parte de nuestra historia. 

 

No en vano, cuando hablamos de las últimas palabras de Jesús destacamos estas: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Y lo hacemos porque pensamos creer tener una idea de lo que significa el abandono de Dios. Y a fin de cuentas, tiene algo de consolador para nosotros que Jesús mismo sea quien las haya dicho. Después de todo, nos parece reconfortante conformarnos con la idea de que Dios no puede hacer nada ante el sufrimiento. Jesús y yo estamos en las mismas: lamentando el abandono de Dios.

 

Pero el hecho mismo de que nos planteemos estas cuestiones indica cuanto nos rehusamos a creer que el Hijo, en la oscura y tenebrosa cruz, es Dios. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” No son palabra que expresen el dolor que nos infringimos unos a otros; no son son las palabras de alguien ansioso ante la inminente llegada de una muerte definitiva. Por si no entendemos el poder de estas palabras provenientes del Salmo 22, lo más conveniente será dejarnos dirigir por ellas hacia el misterio interior del Señor de Israel.

 

No por casualidad los Salmos son el libro de oración de los cristianos. No oramos los Salmos porque expresen nuestra experiencia religiosa, sino que nuestra vida religiosa nos es dada en la medida que oramos los Salmos. Pero realmente solo la vida de Jesús ha sido una oración plena de los Salmos. No podemos ser conformados por estas palabras venidas de la Cruz si olvidamos que estas son oraciones del Hijo por el cual Israel es conformado. Solo la gente de Israel, un pueblo amado por Dios, puede experimentar el abandono de Dios que los Salmos expresan. Por lo que éste no es un abandonado común, sino el llanto del Mesías, sacrificado en nuestro lugar para inaugurar el fin de todo sacrificio.

 

Este llanto es la ejemplificación fundamental del amor que es la vida de Dios. El amar que lleva a Cristo Jesús

 

“. . . el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.”

Filipenses 2:6-8

 

Jesús siendo entregado, Jesús obedeciendo hasta la muerte, Jesús llorando el abandono, no tendría sentido si esto no fuera la expresión visible del misterio al que es la Trinidad. Esto no es Dios volviéndose lo que Dios no es, sino la expresión de lo que Dios siempre ha sido. Pues la Palabra que fue en el principio, la Palabra que estaba en Dios, la Palabra que brilla en la oscuridad, la Palabra que asumió nuestra carne, sufriendo hasta la muerte, es Dios. 

 

La cruz y este lamento de abandono, no es Dios volviéndose algo distinto a Dios, es el auténtico rostro de Dios: un vaciamiento y entrega hecho posible por un amor perfecto. 

 

De forma contraria a los que piensan que solo un Dios sufriente es capaz de amar, vemos que lo realmente radical y novedoso es precisamente lo opuesto: solo porque Dios es perfecto en sí mismo, entonces, puede sufrir como uno de nosotros y eso es una expresión radical y última de su amor. Solo porque Dios es Dios, sin cambio y siempre fiel, puede el Hijo ser entregado en nuestras manos hasta el punto de su extrañamiento de sí. 

 

Nos encontramos al Padre entregando deliberadamente a Cristo, a un destino moral, para que nuestro destino no esté determinado por el principio de muerte. Como señala R. Williams, el grito de Jesús en la cruz rompe todos nuestros intentos de comprender a Dios en términos humanos. 

 

Estas palabras desde la cruz, y la cruz misma, significan que el Padre será encontrado cuando todas las máscaras del poder, sea como sea que nosotros entendamos ese poder, se caigan. El silencio de Jesús ante Pilato puede entenderse como lo que fue: Jesús rehusa aceptar los términos según los cuales el mundo entiende la autoridad y el poder. Realmente, nosotros permanecemos con Pilato. No queremos desprendernos de nuestra comprensión de Dios. No queremos que Jesús sea abandonado porque no soportamos que el que abandona y el abandonado sea Dios. Intentamos explicar estas palabras, para salvar y proteger a Dios de que deje de ser Dios, pero nuestro intento de proteger a Dios revela cuán frágil es nuestra imagen de Dios, de un Dios que rehusa ser protegido por la violencia.

 

Dios se revela más nítidamente cuando parece esconderse de forma definitiva. En Cristo, su momento de mayor anonadamiento en la muerte de cruz, resulta ser el momento en que la gloria de Dios, su poder de estar donde y cuando donde él estará, es desplegado ante los ojos del mundo (D. Bentley Hart). Dios en Cristo rehusa permitir que nuestro pecado determine la relación que tenemos con Él. El amor de Dios por nosotros implica que él pueda odiar tan solo aquello que aliena a sus criaturas del amor manifestado en su creación. 

 

Toda lectura de la cruz que nos lleve a sugerir que Dios la necesitaba para satisfacer una suerte de justicia por medio del sacrificio del Hijo en nuestro lugar, está errada. El Padre sacrificándose al entregar al Hijo, y el deseo del Hijo de entregarse en sacrificio, es el sacrificio de Dios. Y esto es así porque no hay un Dios que no sea el Padre, Hijo y Espíritu Santo, por lo que no hay ningún dios necesitando un sacrificio para así quedar satisfecho. 

 
Las 7 palabras 5.jpg
 

LA QUINTA PALABRA

“Tengo sed.”

JUAN 19:28

 

“Tengo sed”, dijo Jesús. ¿Cómo puede la Segunda Persona de la Trinidad tener sed? Si esta sed fuera metafórica, entonces la cruz entera no es más que una broma cruel, un truco divino. 

 

Juan nos dice que todo esto fue dicho para completar las Escrituras. Algunos responden a la sed de Jesús con una esponja empapada en vinagre, recordando el Salmo 69:21, donde el Salmista señala que recibió veneno por comida y vinagre por bebida. 

 

No hay duda de que este salmo vino a la mente de quienes presenciaban la crucifixión, pero esto no impide afirmar que Jesús realmente tuviera sed y sufriera. La realidad del sufrimiento y la sed de Jesús, en concordancia con el sufrimiento de los Salmos, es un recuerdo de que Jesús fue el hijo de Israel. El sufrimiento de Israel y su abandono llegan a su culminación en la cruz de Jesús. Y en esta sed vemos el final de los sufrimientos que el mismo Israel que crucifica a Jesús ha padecido. 

 

Aunque la sed para Israel sea esta, para Jesús la sed es algo distinto. En el evangelio de Juan, Jesús le pide de beber a una mujer samaritana, ante lo cual la mujer le indica que él, un judío, no debería poder pedirle agua a ella, una samaritana. A su vez, la mujer le dice a Jesús que el agua viva que él le promete parece bastante irreal, para empezar porque no dispone de un cántaro para ofrecerla. Jesús responde diciendo “Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.” (Jn 4:13-14).

 

Si Jesús es el agua viva, ¿cómo puede ser que en la cruz diga “tengo sed”? El Jesús del “yo soy”: “yo soy el pan de vida” (Jn 6:36), “yo soy la luz del mundo” (8:12), “yo soy el buen pastor” (10:11), “yo soy la resurrección y la vida” (11:25), “yo soy la vid verdadera” (5:1). ¿Cómo puede que este Jesús que parece ser auto-suficiente tenga sed? La sed de Jesús ratifica que en la cruz, nos deja ver todo aquello a los que nos hemos referido anteriormente.

 

La sed de Jesús nos sitúa ante el misterio de la encarnación. Pero decir “encarnación” no “explica” la sed de Jesús en la cruz. Es un error pensar que estas doctrinas sobre nuestra fe, la Encarnación o Trinidad, sirven para explicar. Estas doctrinas son nombres para misterios, esto es, el nombre de aquello que está abierto a todos pero que a la vez permanece oculta a todos al haber sido forjada en Cristo. Como señala R. Williams, somos tentados de hacer de la “Trinidad” y la “Encarnación” explicaciones porque queremos “creer” en algo externo a nosotros para así olvidar cuan profundo y aterrador son las diferencias con en el mundo humano y el mundo al que se refieren. 

 

De este modo, la encarnación puede “servirnos” para decir: esta sed la tiene Jesús el hombre, quien es plenamente humano y plenamente divino. Aquel que es totalmente divino y totalmente humano, es el que tiene sed. Que Jesús tenga sed hace que la encarnación sea realmente Dios hecho hombre. Sabemos también que Jesús en Getsemaní pudo haber rechazado la copa, dejándola pasar. 

 

La sed no se refiere a un dios que no está totalmente presente en la encarnación. Sin la encarnación, no habríamos conocido el amor del Padre en el Hijo por medio del Espíritu. La sed del Hijo, no es otra cosa que la sed del Padre por nosotros. Dios nos desea para que deseemos a Dios. Hemos sido creados para tener sed de Dios (Salmo 42). Sin embargo, nuestro Dios, nuestro sediento Dios, es el único capaz de decirnos: “En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva” (Jn 7:37-38).

 

Por las aguas del bautismo hemos sido hechos el cuerpo de Cristo para el mundo. Nosotros tenemos sed unos de los otros para que el mundo sea redimido, siendo su redención tan real como el agua que necesitamos para vivir. Esta redención se encuentra en el cuerpo y sangre de nuestro Señor, quien por siempre saciará nuestra sed.

 
Las 7 palabras 6.jpg
 

LA SEXTA PALABRA

“Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es. Y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu.”

JUAN 19:30

 

“Consumado es” son palabras dichas en el lecho de muerte. “Consumado es”, es un llanto de victoria. El evangelio de Juan hace explícito lo que los demás evangelios asumen implícitamente, esto es, que la cruz no es la derrota sino la victoria de Dios. Ya al principio del evangelio de Juan, una voz del cielo señala que el Hijo será glorificado por su obediencia al Padre, diciendo: “yo lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez”. Jesús es esta voz viene a nosotros para que sepamos que “No ha venido esta voz por causa mía, sino por causa de vosotros. Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo” (Jn 12:28-32). Este “ser levantado de la tierra” es la cruz, la exaltación del Hijo por el Padre, haciendo posible nuestra salvación.

 

Este es, como dice Pilato, el Rey de los judíos, cuyo reinado no es interrumpido por la cruz, sino que más bien en la crucifixión se muestra cuales son las reglas del reino. La crucifixión es el reino que viene, y aquí los poderes que imperan este mundo son subvertidos. El tiempo ahora es redimido por la el ensalzamiento de Jesús mediante la cruz. Una nueva era comienza y también una nueva forma de vivir. 

 

La creación describe muy bien la obra hecha aquí. El sexto día de la creación “. . . vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto.” (Gn 1:31). Por lo que en el sexto día “. . . acabó Dios en el día séptimo la obra que hizo; y reposó el día séptimo de toda la obra que hizo” (2:2). Sin embargo, la acción de Dios entre nosotros, se consuma con estas palabras de Jesús: “es consumado”. Su vida, muerte y resurrección recapitula la creación, recapitula el pacto de Dios con Israel, uniéndose la creación y redención en la encarnación. 

 

“En el principio ya existía la Palabra; y aquel que es la Palabra estaba con Dios y era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Por medio de él, Dios hizo todas las cosas; nada de lo que existe fue hecho sin él. En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. Esta luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no han podido apagarla.” 

Juan 1:1-5

 

En Cristo la creación ha llegado a su consumación. Y se ha consumado porque en Cristo toda la obra de Dios por nosotros ha sido recapitulada en la cruz. Esto implica que la recapitulación de todas las cosas en Dios sigue presente en nosotros mediante la obra de la cruz. Nosotros, el cuerpo de Cristo, mediante el poder del Espíritu, estamos llamados a ser consumados participando de la obra de Cristo. La obra ha sido consumada, pero no ha acabado: Dios permanece haciendo de nosotros, sus criaturas, participantes de su Vida entregada en la cruz. 

 

Lo que sí ha terminado son nuestras vanas tentativas de ser nuestros propios creadores, y ha empezado la posibilidad de vivir en paz siendo agentes de la reconciliación de Dios para con el mundo. Esto no implica que a partir de ahora vivamos sin sufrimiento, sino que podamos vivir el sufrimiento sabiendo que es mediante él como se ha manifestado Cristo, siempre desde el amor, hasta vencer la muerte. 

 

“Ahora me alegro de lo que sufro por ustedes, porque de esta manera voy completando, en mi propio cuerpo, lo que falta de los sufrimientos de Cristo por la iglesia, que es su cuerpo. Dios ha hecho de mí un servidor de la iglesia, por el encargo que él me dio, para bien de ustedes, de anunciar en todas partes su mensaje, es decir, el designio secreto que desde hace siglos y generaciones Dios tenía escondido, pero que ahora ha manifestado al pueblo santo.  A ellos Dios les quiso dar a conocer la gloriosa riqueza que ese designio encierra para todas las naciones. Y ese designio secreto es Cristo, que está entre ustedes y que es la esperanza de la gloria que han de tener.” 

Colosenses 1:24-27

 

Pablo no sugiere que debamos seguir sufriendo porque el sufrimiento de Jesús en la cruz haya sido insuficiente. Por el contrario, Pablo es capaz de sufrir sin desesperar gracias a que la obra de la cruz ha sido consumada. Cristo ha triunfado: en él vemos la imagen visible del Dios invisible, por quien existen y subsisten todas las cosas, por quien todo fue hecho en el principio y está siendo sostenido actualmente. En concordancia con ello

 

“Cristo es la cabeza de la iglesia, que es su cuerpo. Él, que es el principio, fue el primero en resucitar, para tener así el primer puesto en todo. Pues en Cristo quiso residir todo el poder divino, y por medio de él Dios reconcilió a todo el universo ordenándolo hacia él, tanto lo que está en la tierra como lo que está en el cielo, haciendo la paz  mediante la sangre que Cristo derramó en la cruz.” 

Colosenses 1:18-20

 

Dios consumó lo que solo él podía consumar. El sacrificio de Cristo es un regalo que excede toda deuda. En él nuestros pecados han sido consumados haciendo posible una vida llena por la belleza del Espíritu de Dios. ¡Qué buenas noticias! Se ha consumado, pero no se ha acabado. Hemos sido llamados a vivir de tal modo que el mundo conozca que el reino de Dios se nos ha ofrecido, para así poder vivir en paz.

 
Las 7 palabras 7.jpg
 

LA SEPTIMA PALABRA

“Jesús gritó con fuerza y dijo:

¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!

 Y al decir esto, murió.”

LUCAS 23:46

 

Estas palabras, “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!”, han sido repetidas por muchos cristianos en su lecho de muerte. Y está bien que así sea, pues estas palabras son un consuelo ante quienes se enfrentan a la muerte.

 

Sin embargo, Jesús no las usa para consolarse, lo hace para mostrarle al Padre lo que solo el Hijo puede hacer: morir. La primera oración de Jesús en la cruz se refiere a Dios, por lo que no puede sorprendernos que las últimas palabras sean ahora la oración de un Hijo al Padre. Y esto nos recuerda que nosotros sólo podemos imitar la oración de Jesús, y podemos hacerlo solo porque Jesús no tiene a nadie a quien imitar: Jesús es Cristo, pero el Cristo solo nos es revelado en Jesús. 

 

Y al decir esto, Jesús murió. El Hijo de Dios murió. Aquí Cristo se hace solidario y alcanza a todos, los aislados de sí mismos, de los demás y de Dios, los asilados por el cerco infranqueable de la muerte. Solo el Hijo de Dios puede hacer esto. Él es la única Palabra que puede permitir la comunicación de todos aquellos que pueden hablar pero no oír. Pues solo el Hijo puede someterse a la muerte y redimir aquello a lo que la muerte condena.

 

Y porque Cristo ha realizado esto, puede decirnos a nosotros “No temas; yo soy el primero y el último; y el que vive, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades.” (Ap 1:17-18). Esta gran obra hace posible nuestro bautismo en su vida y muerte (Rm 6:5), lo que nos introduce en la vida de Jesús, formando parte de la Iglesia, en el Drama escatológico de la historia de la salvación, donde el velo que nos separaba de Dios se ha rasgado. 

 

Cristo no tiene a un Cristo al que imitar. Pero Cristo se encomienda al Padre, como en el Salmo:

 

“¡Tú eres mi roca y mi castillo!
¡Guíame y protégeme; haz honor a tu nombre!
¡Sácame de la trampa que me han tendido,
pues tú eres mi protector!
En tus manos encomiendo mi espíritu;
¡rescátame, Señor, Dios de la verdad!”

Salmo 31:3-5

 

Solo ahora, con la muerte de Jesús, empezamos a entender lo que oramos y creemos cuando cantamos los Salmos. 

 

Jesús se ha convertido en el padre de los Salmos para el mundo, completando el entendimiento de Israel de que la muerte no sería la última palabra. 

 

Como Israel, como los judíos, seremos perseguidos, sufriremos y moriremos. Pero a causa de lo que Jesús ha hecho en la cruz, podremos morir en la confianza de quien ora diciendo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. 

 

Por eso ven, acércate y no te alejes, y contempla el misterio y la belleza de la cruz de Jesús.

 
 

Jonatán Rodríguez Amengual es español y vive en Palma de Mallorca. Estudió teología en la Universidad Pontifica Comillas en Madrid. Colabora con el Centre Cristià de Mallorca.