Adolf Eichmann, la Argentina y la cordura

Dos acontecimientos me llevaron a explorar el pasado de un hombre llamado Afolf Eichmann. El primero fue mi mudanza a la ciudad de Buenos Aires que me llevó a leer crónicas de la historia argentina pasada y más reciente. El otro fue un paseo por una librería de la Av. Callao. Encontré una biografía de Hannah Arendt, una edición preciosa. 

 

Tanto en la historia y en la biografía de esta gran filósofa judía alemana, hallé el nombre de Adolf Eichmann. Él vivió en la Argentina desde el 15 de julio de 1950 hasta el 20 de mayo de 1960 cuando fue secuestrado y llevado a Israel para un juicio en su contra. Eichmann fue uno de los responsables directos de la “solución final” durante la Segunda Guerra Mundial, el plan macabro para acabar con los judíos. Como miembro de alto rango del Schutzstaffel (SS) nazi, fue hallado culpable de crímenes de guerra.

 

Comparto a continuación un breve ensayo de Thomas Merton sobre Eichmann y la cordura. Aunque el ensayo fue publicado el siglo pasado, las palabras de Merton siguen siendo relevantes para todos nosotros hoy en América Latina a tener que lidiar con la banalidad del mal.  

 
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Meditación devota en memoria de Afolf Eichmann

Thomas Merton

 

En mayo de 1960 el servicio secreto de Israel reveló que había capturado en la Argentina el fugitivo criminal de guerra nazi Adolf Eichmann. Tras un juicio de 4 meses fue declarado culpable en diciembre de 1961. Fue a la horca en mayo de 1962 condenado por crímenes contra la humanidad. 

 

Uno de los hechos más inquietante que se manifestaron en el proceso de Eichmann fue que un psiquiatra le examinó y le declaró perfectamente cuerdo. No lo dudo en absoluto, y eso es precisamente lo que encuentro inquietante. 

 

Si todos los nazis hubieran sido psicópatas, como probablemente eran algunos de sus jefes, su horrenda crueldad hubiera sido un poco más fácil de comprender en algún sentido. Mucho peor es considerar a es tranquilo funcionario, “equilibrado”, impertérrito, despachando su trabajo burocrático, su empleo administrativo que daba la casualidad de que era la supervisión del crimen en masa. Era meditativo, ordenado, sin imaginación. Sentía un profundo respeto hacia el sistema, la ley y el orden. Era obediente, leal: un fiel funcionario de un gran estado. Un funcionario que servía muy bien al gobierno. 

 

No le inquietaba mucho la culpabilidad. No sé que llegara a tener ninguna enfermedad psicosomática. Al parecer, dormía bien. Tenía buen apetito, por lo visto. Cierto que cuando visitó Auschwitz, el jefe del campo, Hoess, con ánimo de diabólica malignidad, trató de fastidiar al gran jefe y asustarle con algunos de los espectáculos. Eichmann se inquietó, sí, se inquietó. Hasta Himmler se había inquietado, y le habían temblado las piernas. Quizá, del mismo modo, el director de una planta siderúrgica podría sentirse inquieto si tuviera lugar un accidente mientras por causalidad estaba él allí. Pero, claro, lo que ocurrió en Auschwitz no era ningún accidente: sólo el desagrado rutinario de la tarea diaria. Había que arrimar el hombro a la carga del monótono trabajo diario por la Patria. Sí, hay que sufrir la incomodidad y hasta náusea con espectáculos y ruidos desagradables. Todo eso forma parte del concepto de deber, abnegación y obediencia. Eichmann estaba consagrado al deber, y orgulloso de su trabajo. 

 

La cordura de Eichmann es inquietante. Consideramos la cordura equivalente de un sentido de justicia, de humanidad, de prudencia, de capacidad de amar y comprender a los demás. Nos fiamos de la gente cuerda del mundo, confiando en que lo preservarán de la barbarie, de la locura, de la destrucción. Y ahora empezamos a caer en la cuenta de que precisamente los cuerdos son los más peligrosos. 

 

Los cuerdos, los bien adaptados, son los que pueden, sin espasmos ni náusea, apuntar los proyectiles y apretar el botón que inicie el gran festival de destrucción que han preparado ellos, los cuerdos. ¿Qué nos da la seguridad, después de todo, de que el peligro consista en que un psicópata llegue a tener ocasión de disparar el primer disparo en una guerra nuclear? Los psicópatas son sospechosos. Los cuerdos les mantendrán lejos del botón. Nadie sospecho de los cuerdos, y los cuerdos tendrán razones perfectamente buenas, lógicas; adecuadas, para disparar. Obedecerán cuerdas órdenes que han llegado cuerdamente por el conducto jerárquico. Y, por su cordura, no sentirán remordimientos cuando salgan los proyectiles, pues, no será ningún error

 

No podemos seguir suponiendo que porque un hombre sea cuerdo esté “en su juicio”. El concepto entero de cordura en una sociedad donde los valores han perdido su significación, también carece de significación. Un hombre puede estar “cuerdo” en el limitado sentido de que no esté incapacitado por sus emociones desordenadas para actuar de un modo frío y ordenado, conforme a las necesidades y dictados de la situación social en que se encuentre. Puede estar perfectamente “adaptado”. Bien sabe Dios que quizá semejante gente pueda estar adaptada aún en el mismo infierno. 

 

Y así me pregunto yo: ¿Cuál es el significado de un concepto de cordura que excluye el amor, lo considera sin valor, y destruye nuestra capacidad de amar a otros seres humanos, de responder a sus necesidades y sufrimientos, de reconocerles, pues, como personas, de percibir su dolor como nuestro? Evidentemente, eso no es necesario para la “cordura” en absoluto. ¿Qué interés tenemos en equiparar la “cordura” al cristianismo? Ninguno, en absoluto, evidentemente. El peor error es imaginar que un cristiano debe intentar ser “cuerdo”, como todos los demás; de que somos parte integrante en nuestro tipo de sociedad: que debemos ser “realistas” respecto a ella: que debemos hacer surgir un cristianismo cuerdo, y que en el pasado ha habido muchos cristianos cuerdos. La tortura no es nada nuevo. ¿Verdad? Debemos ser capaces de racionalizar un poco el lavado de cerebro, el genocidio, y hallar un lugar para la guerra nuclear, o al menos para las bombas de napalm, en nuestra teología moral. Cierto que algunos de nosotros ya hacen lo que pueden por eso camino. ¡Hay esperanzas! Aún los cristianos pueden sacudirse sus prejuicios sentimentales sobre la caridad y hacerse cuerdos, como Eichmann. Pueden incluso aferrarse a cierto sistema de fórmulas cristianas, y ajustarlas a una Ideología Totalitaria. Que hablan de justicia, caridad, amor y de lo demás. Esas palabras no han impedido a muchos cuerdos actuar en el pasado de un modo muy cuerto y listo . . . 

 

No, Eichmann no estaba loco. Los generales y combatientes de ambos bandos, en la Segunda Guerra Mundial, los que realizaron la destrucción de ciudades enteras, ésos eran los cuerdos. Los que han inventado y perfeccionado las bombas atómicas y los proyectiles intercontinentales, los que han planificado la estrategia de la próxima guerra, los que han valorado las diversas probabilidades de usar agentes bacterianos y químicos, no son los locos, sino los cuerdos. Los que calculan fríamente cuántos millones de víctimas puede considerarse que vale la pena sacrificar en una guerra nuclear, supongo que también salen muy bien parados en los tests de Rohrschach. Por otro lado, probablemente encontraréis que los pacifistas y los del movimiento contra la Bomba, están un poco locos, en serio, como leemos en Time.

 

Empiezo a darme cuenta de que la “cordura” ya no es un valor ni un fin en sí mismo. La “cordura” del hombre moderno les es tan útil como el gran tamaño y los músculos al dinosaurio. Si estuviera un poco menos cuerdo, si dudara un poco más, si se diera cuenta de sus absurdos y contradicciones, quizá habría una posibilidad de supervivencia. Pero si está cuerdo, demasiado cuerdo . . . quizá hemos de decir que en una sociedad como la nuestra la peor locura es no tener en absoluto angustia, estar totalmente “cuerdo”. 

 

Thomas Merton. (1993). Hermana América. Buenos Aires: Ediciones Mutantia.