La iglesia de los pobres

Vino a la tierra. Pudo escoger la vía diplomática. No lo hizo. No previno a los grandes. No avisó a los poderosos. No hizo saber nada a los sacerdotes. Ha tirado por tierra a la jerarquía. 

 

No hubo conferencia de prensa para anunciar a los cuatro vientos un suceso de tal categoría. Y sin embargo tenía sumo interés de que alguien lo supiera. Alguien tenía derecho a ser el primero en conocer la noticia. 

 

Manda sus mensajeros a unos pastores que acampan cerca de la ciudad guardando sus rebaños. 

 Jesús, el buen pastor, Ravenna 

Jesús, el buen pastor, Ravenna 

Jesús nace no sólo como un pobre insignificante, sino como un insignificante nómada que no tiene donde nacer. Es lógico que, antes que a nadie, quiera manifestarse a un grupo de nómadas que estaban apartados de toda vida civil. Los pastores viven al margen de la sociedad y muchas veces también al margen de la religión. Las personas «devotas», los fariseos, les miran de reojo porque son incultos; y por eso no conocen la ley, y por eso están fuera de la religión, y por eso están destinados al infierno. 

 

Y precisamente a estos «excomulgados» es a quienes Cristo envía sus ángeles para anunciarles su venida. 

 

Bonita manera de comportarse. Hermosa lección, ¡tan necesaria!, sobre «las procedencias».

 

Es que Jesús quiere poner las cosas en claro desde el principio. Nos dice abiertamente que nuestro fichero de procedencias no corresponde al suyo, está trastocado o tal vez vuelto al revés. No esperemos de él el respeto a la «vía jerárquica», la observancia de nuestros estudiados ceremoniales, la inclinación hacia nuestros privilegios. 

 

Él lo ve todo al revés. A sus ojos, los grandes son los pequeños. Los últimos, los primeros. Los arrojados de la sociedad, sus clientes privilegiados. Precisamente con los pastores comienza la serie de la desconcertantes sorpresas del evangelio. La buena nueva se comunica antes que a nadie y llega a pertenecer primero a aquellos que están «fuera». Los que están «dentro», los que pertenecen a la institución, se encuentran continuamente confundidos y hasta molestos con tal procedimiento por parte del Señor. 

 

Los magos vendrán de fuera. Y Herodes, que pertenece a la institución, conocerá por estos extranjeros el nacimiento del «rey de los judíos». 

 

Jesús tendrá doce amigos, los primeros jefes de su iglesia. Pero no serán los apóstoles quienes llevan la cruz, sino un hombre desconocido, venido también de fuera: Simón de Cirene. 

 

Cristo se manifestará como mesías a una vulgar mujer de Samaria; una mujer que no es ni siquiera judía, que no pertenece a la promesa, una mujer que viene de fuera, una mujer cuya conducta deja bastante que desear. 

 

La personificación viviente del «mandamiento nuevo» no se hará precisamente en la persona de un sacerdote o de un levita, sino en la de un hombre venido también de fuera, un excomulgado, el samaritano. 

 

Y el primero en subir al cielo con Cristo, el primer santo, es un ladrón, un criminal que jamás había oído hablar de Cristo. 

 

Los pastores sin embargo tienen procedencia absoluta. No se la ceden a nadie. Se decían entre ellos: vayamos hasta Belén y veamos todo cuanto el Señor nos ha hecho conocer

 

Los «invitados» son los primeros invitados a contemplar y a tomar posesión de un Dios que se hace carne. 

 

Los pastores que llegan a Belén son la iglesia de los pobres; el encuentro entre Cristo que no habla y los pastores que tampoco hablan, o dicen muy pocas palabras, es la primera liturgia de la iglesia de los pobres (Vivarelli). 


¿Nosotros? Sí, nosotros, los primeros, los privilegiados, no tendremos más remedio que echarnos a un lado y dejar pasar a . . . los últimos. 

 

Y podemos tenernos por afortunados si los pastores se dignan de hacernos partícipes de alguna indiscreción. 

 

Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño

 

Puede ocurrir, incluso, que estos llegados de fuera nos den permiso para entrar. Pero a condición de que no profanemos con nuestros inoportunos comentarios la sencillez de su liturgia, hecha de silencio y de «pequeñas cosas».

 

Alessandro Pronzato. (1969). Evangelios molestos. 2da ed. Salamanca: Ediciones Sígueme., 19-21.